A propósito del juicio de Liscano sobre Ramos Sucre, habría que estar alerta para no colocarnos en la simple oposición o desacuerdo. Hay que recordar un hecho casi trivial o tautológico: «El disidente» es el lugar o escenario de nuestro conflicto interpretativo. El texto de algún modo tolera, promueve o cede a todas las interpretaciones, incluso las supuestamente irreconciliables. Todas obedecen o habitan esa extraña ley o estructura que las vincula, oponiéndolas, sobreponiéndolas, yuxtaponiéndolas; todas, incluso la que intenta comprender ese conflicto del que participa. Tal comprobación debiera prevenir que reduzcamos nuestra tarea a la mera evaluación de argumentos y pruebas con miras a la toma de partido.
Deja un comentario