Ramos Sucre hoy

Durante casi dos meses hemos recorrido “El disidente”. Éste nos ha conducido más allá de un sistema de infortunios o malsanas frivolidades, y más allá, incluso, de la reconfortante ambigüedad de analizables múltiples lecturas: nos ha conducido a lecturas en tensión, heterogéneas, contradictorias, aporéticas. Ellas pueden ser un deliberado efecto buscado por Ramos Sucre y de su empeño en subvertir la lógica de purificación y exclusión con una lógica de la contaminación, pero por ello mismo no todas son necesariamente queridas o buscadas y no todas evitadas o excluídas.

Algunas son resultado del poema como glosa, escolio o relectura, una característica de los textos que el poeta leyó, tomó nota o examinó; algunas son resultado del ambivalente efecto alegórico y ritual del cabrío emisario y el ave ritual nocturna, tipos o figuras de herejes y ortodoxos, puros e impuros, culpables e inocentes. Y por todo ello el texto es y no es exempla, puesto que ofrece a la vez la posibilidad de promover y oponerse, de aprobar y condenar, exaltar y denigrar la asignación de impurezas y la muerte o el destierro vicario, los instrumentos que neutralizan o regulan la violencia grupal.

Pero aun así ya no debe haber duda de que Ramos Sucre no está complacientemente adornando o ilustrando las dolorosas consecuencias de la hechicería o las inevitables desmesuras de la intolerancia, o al menos de que no está haciendo sólo eso; está realizando una aguda labor profiláctica: la radical exploración de ideas, historias y mitos con trasfondo sacrificial, la escenificación de sus alcances, limítes y transformaciones en nuestra historia. Explora la caótica situación en la que se multiplican “los casos de enajenación”, se contagia la violencia, se desploman las diferencias entre culpables e inocentes, entre santos y herejes, y se deja al azar —“Y echará suertes Aarón” (Lev. 16:8)— cuál será el pretexto en el catálogo de inculpaciones que condenará a los más débiles, porque la instauración o renovación del orden y las diferencias requiere intoxicar a la víctima con los deméritos y los desastres y la confusión, para someterla a la hostilidad organizada del ritual: “Y pondrá Aarón ambas manos suyas sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, y todas sus rebeliones, y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para esto” (Lev. 16:21).

La frase ritual “Para Azazel” significaría en este caso “para el fiero dios” o “para la poderosa furia o ira de Dios” (ver Caper emissarius); esta invocación a un dios airado o a la ira divina es, según René Girard, el más común enmascaramiento mítico de la frenética violencia grupal concentrada sobre la víctima, y un ritual no es otra cosa que la repetición controlada de la alguna vez desenfrenada y efectiva agresión catártica de los muchos contra el uno. La escenificación de la persecución de herejes y disidentes tiene, en consecuencia, serias connotaciones sociales y políticas que pasaron inadvertidas para los satélites censores del régimen gomecista en el año de 1929: el carácter expiatorio de los perseguidos, el enmascaramiento legal o ritual de su muerte y expulsión, y las sacrificiales connotaciones de palabras como ‘encierro’, ‘tortura’, ‘ejecución’ y ‘ostracismo’. Tales connotaciones elevan la muerte de los hechizados y disidentes, medievales y contemporáneos, de acontecimiento convencional a martirio voceado, y de espectáculo opaco a tribulación polémica.

Vale repetirlo: las alusiones rituales de Ramos Sucre en “El disidente” son un instrumento de exploración poética de las crisis sociales y culturales, de las nociones de justicia, transgresión e identidad y cohesión grupal, y de los mecanismos para su preservación, para el control de la violencia, del sometimiento de las facciones y de la supresión de las diferencias. Ellas muestran que los antiguos sacrificios, con su economía de trueque expiatorio, se emparientan con una de nuestras más comunes salidas a los desequilibrios y cambios sociales: la búsqueda de una persona o grupo sobre la cual descargar la responsabilidad del caos y la incertidumbre.

¿No es relevante la lectura de Ramos Sucre, es decir, leerlo a él y leer su lectura, hoy en Venezuela? En un comentario sobre Heidegger, Derrida escribe:

El sacrificio de Hölderlin, que los alemanes no han entendido, es a juicio de Heidegger un sacrificio ejemplar. Tras haber recordado que los poetas iniciadores no son escuchados y que están abocados al sacrificio, Heidegger añade: “Hölderlin es un poeta de esta clase”;

de Ramos Sucre, mutatis mutandis, puede decirse lo mismo: poeta iniciador, no oído ni entendido y abocado al sacrificio.

* Notas relacionadas: El efecto del cabrío para Azazel | Censura poética | Caper emissarius: el macho cabrío para Azazel | Disidentes, herejes y dictaduras.

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