Plaga egipcia y sacrificio pascual

Fiel al impulso fundamental de la alegoría, Ramos Sucre rescata del olvido, en “Duelo de arrabal”, la muerte de los primogénitos egipcios. Ese impulso halla expresión en el paralelismo inicial entre “los cielos mudos” y el olvido de los padres “ante el esperado afán del día siguiente”. Rescate ante el silencio y el olvido, humano y divino. La conexión alegórica con las injustas y arbitrarias muertes en el arrabal cuestiona la justificación mosaica de las muertes egipcias: las connotaciones sacrificiales del mal que “apenas dejó casa pobre sin luto” sugieren que los primogénitos egipcios son las reales víctimas sustitutivas del libro de Éxodo.

La narración de Moisés estima la plaga y subsiguientes muertes de los primogénitos egipcios tanto justificadas como accesorias: justificadas, porque fueron el método para someter a Faraón; accesorias, porque lo prioritario para Jehová era la liberación de Israel y el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham. Pero a esas razones las vuelve dudosas el que el mandamiento de sacrificar los primogénitos de animales y redimir los de asnos y humanos con un cordero se imparta en el contexto de la Pascua. La Torah ordena y explica:

Harás pasar a Jehová todo lo que abriere la matriz, asimismo todo primerizo que abriere la matriz de tus animales: los machos serán de Jehová. Más todo primogénito de asno redimirás con un cordero; y si no lo redimieres, le degollarás: asimismo redimirás todo humano primogénito de tus hijos. Y cuando mañana te preguntaré tu hijo, diciendo: ¿Qué es esto? decirle has … endureciéndose Faraón en no dejarnos ir, Jehová mató en la tierra de Egipto a todo primogénito … y por esta causa yo sacrifico a Jehová todo primogénito macho, y redimo todo primogénito de mis hijos. Éx.13:12-15

Primogénito por primogénito, animal o humano, es la inapelable lógica sustitutiva del mandato. El sacrificio explícito de los corderos se enlaza con el implícito de los primogénitos egipcios. Jehová no tomará los de Israel: la noche de la Pascua satisfizo la demanda fundacional —religiosa y política— de una vida por otra. Las muertes egipcias no son, por tanto, irrelevantes: son el necesario requisito sacrificial del proyecto histórico, político y religioso de la Torah.

Esa condición la expresa “Duelo de arrabal” a través del verbo ‘diezmar’: ‘diezmar’ no sólo es “causar gran mortandad” (DRAE); es también “castigar de cada diez uno cuando son muchos los delincuentes” (DRAE), o como registra el American Heritage Dictionary para el equivalente inglés ‘decimate’: “to punish every tenth man chosen by lot, as in a mutinous military unit”.

Castigar los delincuentes o transgresores, castigar como en un motín o sublevación: Maneto y Apión, escritores egipcios del período Helenístico, afirmaron que el Éxodo no fue un acto liberador del dios hebreo, sino la expulsión de egipcios y extranjeros enfermos, leprosos, que dirigidos por un sacerdote renegado habían causado desórdenes políticos y religiosos (Josefo, Contra Apio i.26-29; ii.2-3). La posterior interpretación egipcia sostiene que la narración pascual es la reelaboración mosaica de una violenta crisis social que permitió a los hebreos escapar de la esclavitud. Las diez plagas son así, de acuerdo con René Girard, una metáfora del “agravamiento de trastornos sociales”, y narrativamente forman parte de una estructura que incluye “un claro tema de sacrificio en la muerte del primogénito y en el establecimiento de la pascua hebrea”.

Pero ya sea que se mire la Pascua como un forjamiento de la insidia o del agravio, como la epopeya disimuladora de un desalojo o como la gesta fiel de una liberación, lo innegable es que su trasfondo fue una convulsión o fractura social que resultó en el destierro o eliminación de una minoría señalada como responsable. La plaga y el sacrificio del cordero son las metáforas de un conflicto en la sociedad egipcia y de la lógica de purificación, inculpación y expulsión o eliminación que lo resolvió. Son las metáforas de una crisis social en cuya violenta confusión resultaron inculpados y muertos o desterrados —y no necesariamente en ese orden— los más débiles o indefensos: de acuerdo con Maneto y Apión, los indeseables hebreos; de acuerdo con el Éxodo, los ya no tan irrelevantes primogénitos de Egipto.

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