Sufrimiento propio como ajeno

La noción de sufrimiento vicario en “A un despojo del vicio” la encarna explícitamente el yo poético, quien afirma que “fijo como a una cruz estaba por los dolores propios y ajenos”. El desmembramiento e inversión del vocablo Crucifijo (“fijo como a una cruz”), establece metonímicamente —es decir, por proximidad espacial, temporal o conceptual— la conexión sacrificial entre la mujer y el yo poético: él está fijo a la cruz, ella la soporta sobre sus hombros.

La cruz vincula así los destinos de exclusión, sufrimiento y soledad: la vida de ella es “Interrumpida por quejas. . .” y es “toda dolor o afrenta”; el yo poético afirma no sólo que era más infeliz que ella, sino que “iba también quejumbroso y aislado por la vida”. La mujer está aislada desde el nacimiento, y él, una vez muerta ella, “sin aquel afecto que moriría pronto contigo, estaría solo”.

La cruz señala entonces el compartido destino que la mujer y el yo poético sufren —cuando no buscan o eligen—: la exclusión social. También vincula la naturaleza vicaria de sus sufrimientos: ambos padecen “por los dolores propios y ajenos”. Pero esos destinos y sufrimientos no son semejantes: a ella la distingue la infamia y a él la caridad; al final, ella muere y él queda solo.

El ave, el cordero, el Siervo y la cruz son pues, en un sentido general, metáforas de la mujer y el yo poético. Pero en un estricto sentido expiatorio, no hay semejanza entre el Cristo, la mujer y el yo poético: la cruz que la mujer carga no redime a otros, y su fe o creencia en el yo poético como salvador tiene como fundamento la ignorancia. Esa tarea salvadora es un engaño o una ilusión. No todo caliz amargo o abominable impureza hace redentora a una víctima.

El intercambio de atributos es un espejismo. Vale entonces hablar menos de metáfora y más de catacresis: la imposición arbitraria de un significado a un referente. Catacresis por metonimia, por yuxtaposición narrativa. Ese movimiento retórico subvierte la relación entre sentido propio y figurado adoptada por la crónica periodística, que “registrando el suceso, no diría . . . [el] nombre de emperatriz o heroína, sustituyéndolo por el apodo infamante”.

El fundamento real de la imposición tropológica sobre la mujer y el yo poético no es, por tanto, la semejanza de atributos, sino la semejanza por contigüidad con el ave, el cordero y la cruz —y, por extensión, con los cabríos emisarios del Yom Kippur y el Siervo de Isaías como tipos o figuras sacrificiales del Cristo.

* Notas relacionadas: A un despojo del vicio (el texto) | La Sierva Sufriente: el modelo de Isaías 53.

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