Ramos Sucre: retrato del artista enmascarado III (Tomás Eloy Martínez)

Es entonces cuando resuelve desprenderse del padre y de la madre.

La relación que siempre había establecido con el padre era de resentimiento: nunca pudo (nunca quiso) perdonarle la pobreza que dejó como herencia, ni el abandono a que lo sometió desde los diez años, cuando lo puso en manos de un tío eclesiástico —en Carúpano— para que lo educara. Tampoco toleró que lo relegara en la jerarquía de los afectos, y que prefiriera a Trinita, la hermana mayor. Lo que objetaba en el padre, pues, no era lo que éste había hecho sino lo que había dejado de hacer: veía en el descuido de las propiedades familiares y en la ligereza con que el padre había rehuido la responsabilidad de educarlo y de criarlo, una señal grave de pereza interior. Así, la sensación de desamparo por la que vivió embargado provino menos de ese desamparo (por otra parte real) que de la falta de una imagen viril a la cual aferrarse.

En la relación con la madre hay continuas emanaciones de odio. Ella había inculcado en los hijos la idea de que el linaje era suficiente para justificar todas las privaciones y las represiones. Vivía, al parecer, dormida en los laureles de su tío-abuelo, el Gran Mariscal de Ayacucho, y consideraba que la ropa, la comida y los afectos cotidianos eran trivialidades propias de los seres sin abolengo.

Pocos sentimientos son más sociales y menos innatos que el de la aristocracia. José Antonio, que envidiaba «el hogar sedante y tolerante» de los amigos de la infancia, no entendió jamás las miserias a que era sometido en nombre de las hazañas de su antepasado. Le afectó que en la casa no se comiera «’jamás’, ni aun en días de dinero» y que la madre reprimiera en él cualquier ensayo de cortejo a las «muchachas fáciles». Débil para alzarse contra un Poder tan imperioso, encontró en la escritura la única forma de venganza: en los ocho textos que consagró al heroísmo venezolano, no hay una sola mención al Gran Mariscal, a menos que se entienda como tal —en el «Laude» de La Torre de Timón, escrito para honrar la insumisión de Bolívar— este párrafo misterioso: «Para los mansos la medalla de la buena conducta; para nuestros héroes el monumento elevado y la estatua perenne». Esa omisión es también una forma de autocastigo: al desprenderse de todo vínculo con su linaje, al rechazar las ventajas de la gloria heredada, Ramos Sucre debe asumirse como lo único que no quería ser: un huérfano. Lleva a tal extremo esa ruptura con el clan familiar, que jamás menciona a la madre sino con el nombre completo, Rita Sucre. Aun en las cartas a Lorenzo, su hermano, la madre aparece siempre como una criatura lejana —aunque capaz de ejercer a distancia su tiranía—, a la cual no convienen ni los adjetivos de compasión ni los verbos de afecto.

Sin identificación posible con un modelo femenino, Ramos Sucre adopta una conducta y un lenguaje de mero buen tono hacia la mujer. Toda mujer será un objeto deseado pero imposible. En ese deseo no habrá el menor asomo de posesión (porque poseer involucraba para él comprometerse), sino una simple necesidad de reconocimiento. Las cartas a la prima y al hermano abundan en párrafos significativos: «Yo he sido querido, admirado, compadecido por bellísimas mujeres. María del Rosario Arias (…) se asombró de mi humanidad y amenidad al conocerme» (a Lorenzo, octubre 25, 1929). «Gladys (…) debe poseer algún conocimiento de los que sirven para ganar la vida y adquirir conocimientos decorativos. Es necesario que sea un animal robusto» (a Lorenzo, abril 28, 1930. Las dos últimas palabras están subrayadas en el original). «Te ruego que no permitas la leyenda de que soy antropófago y salvaje y enemigo de la humanidad y de la mujer» (a Dolores Emilia, junio 7, 1930).

Es un misógino, para quien hombres y mujeres son igualmente perturbadores; un solitario, que ha aprendido dolorosamente a desdeñar todo placer que esté fuera de sí mismo, porque al elegirse Escritor ha renunciado también a cualquier poder que no sea el de la escritura. Una de las explicaciones más sutiles (y nítidas) de ese aislamiento voluntario, que desembocará en una renuncia absoluta de la sexualidad y del amor, se desliza —como al pasar— en la carta a Lorenzo del 20 de marzo de 1929: «Para salvar mi sueño, me he visto en el caso de alquilar la vivienda contigua de la mía, mucho más espaciosa y mejor amueblada. De ese modo evito el peligro de su habitación por dos personas al mismo tiempo, de donde vendría el diálogo en la noche y mi enfado». Ramos Sucre teme al sonido del amor, a las evidencias del amor, a la certeza de que el amor está en los otros, pero le ha sido vedado.

Sin embargo, persiste además en él cierta vergüenza por mostrarse socialmente como es: sólo por desesperación habla de su misoginia, su frigidez y su desafecto. En la estructura de poder que había levantado, la cortesía y la soledad eran posibles. No el desdén por el machismo. El poder político que le servía de contrafigura era ejercido por un patriarca también solitario pero prolífico, por un campesino para quien la familia era un objeto más de su gran hacienda y el sexo un patrimonio que debía ejercerse con plenitud.

Sobrevivir sin mella en esa atmósfera le exigió una perfecta e incesante simulación. Construyó su reino a partir de un prolijo asesinato de la realidad. Nada de lo que era merecía serlo. Investigó, para salvarse, las realidades que otros habían engendrado con palabras, en los libros y en los atlas. Desconfió de la lengua que le habían enseñado y se aplicó a desentrañar las lenguas ajenas. Trató de encontrarse a sí mismo (al Ramos Sucre que él estaba recreando) en el latín y el griego, pero cuando advirtió que en ambos había demasiados ecos de las voces familiares (las sombras eruditas del padre y del tío) derivó hacia el alemán, el danés y el holandés.

Apenas sintió que podía anclar confiadamente en su propia imaginación, se entregó al riesgo de la doble vida: por fuera, compartió la rutina de sus contemporáneos —las pensiones de Caracas, las retretas del domingo en la plaza Bolívar, el trabajo monótono de la oficina—; por dentro, organizó un planeta de mandarines y de pintores flamencos, de ánades y lobos, de jinetes ucranianos y princesas en palanquín. En ese paisaje cabían todos los tiempos: desde las cavernas del pithecantropus hasta las desmesuras de la Rusia zarista.

Pronto, imaginación y vida entraron en conflicto. Los horizontes que había soñado empezaron a llamarlo imperiosamente. El tedio del país natal se le volvió intolerable. Para resolver la pugna, decidió viajar a los reinos ilusorios que aparecían en sus poemas. Contemplarlos de frente y sentir que eran idénticos a la torpe realidad que había dejado atrás, fue suficiente para fulminarlo. El 9 de junio de 1930 rindió las armas. Ante el feroz argumento de que la Realidad existía, su Imaginación se había quedado sin defensa.

* Notas relacionadas: Ramos Sucre: retrato del artista enmascarado I (Tomás Eloy Martínez) | Ramos Sucre: retrato del artista enmascarado II (Tomás Eloy Martínez).

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