El símbolo en José Antonio Ramos Sucre (v) – Gustavo Luis Carrera

V. A fin de cuentas, no debe sorprender la profunda y decisiva correspondencia entre Ramos Sucre y la estética romántica del sueño, de la subjetividad y del símbolo. Como bien destaca Todorov, se trata de una estética con un siglo de adelanto, que abre una concepción todavía no cerrada en nuestros días. ¿Y cabría una más eficaz y sugerente caracterización de los textos poéticos de Ramos Sucre que la dedicada, proféticamente, por Novalis a las futuras composiciones literarias?

Relatos descosidos, incoherentes, con tantas asociaciones como los sueños. Poemas perfectamente armoniosos, simplemente bellos, de palabras perfectas, pero también sin coherencia ni sentido alguno, al máximo con dos o tres estrofas inteligibles, que deben ser como puros fragmentos de las cosas más diversas. La poesía, la verdadera, puede a lo sumo tener en conjunto un sentido alegórico y producir, como la música (…) un efecto indirecto.

Consecuente con esta búsqueda secreta y oblicua de la realidad —y sobre todo de sus propias realidades—, Ramos Sucre no sólo se afirma sobre el símbolo en su expresión primigenia de palabra clave y de unidad constituida por el sintagma simbólico, sino que imbrica secuencias simbólicas hasta lograr la totalidad, la estructura llevada al cunjunto del símbolo metafórico, a la obra simbólica en esencia e integridad. Magnífica muestra de esta plenitud es el poema en prosa “El sopor”, visión del propio poeta en su dimensión sensible, histórica, cultural y estética, símbolo de lo individual de la poesía, en consecuencia; y cuya lectura será el más estimulante término de estas consideraciones cumplidas en compañía de Tzvetan Todorov y en pos del quimérico José Antonio Ramos Sucre.

No puedo mover la cabeza amodorrada y vací. El malesta ha disipado el entendimiento. Soy una piedra del paisaje estéril.

El fantasma de entrecejo imperioso vino en el secreto de la sombra y asentó sobre mi frente su mano glacial. A su lado se esbozaba un mastín negro.

He sentido, en su presencia y durante la noche, el continuo fragor de un trueno. El estampido hería la raíz del mundo.

La mañana me sobrecogió lejos de mi casa y bajo es ascendiente de la visión letárgica.

El sol dora mis cabellos y empieza a suscitar mis pensamientos informes.

Caído sobre el rostro, yo represento el simulacro de un adalid abatido sobre su espada rota, en una guerra antigua.

* Notas relacionadas: El símbolo en José Antonio Ramos Sucre (iv) – Gustavo Luis Carrera.

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2 comentarios

  1. Publicado el 11/12/2008 a las 3:53 pm | Permalink

    Te leo, sigo cerca, me develo y degusto línea a línea…

    Un saludo,

    OA

  2. Víctor Azuaje
    Publicado el 11/12/2008 a las 5:01 pm | Permalink

    Ophir,

    Es un placer saber de una lectora cercana y a la que también leo.

    Gracias por pasar,

    Víctor

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