Un comentario de Heidegger a una línea de Ramos Sucre

Ramos Sucre habla de “las verdades de ardua metafísica que gobiernan la ciencia del lenguaje”. Para que se entienda ese juicio, leamos estas líneas de Heidegger en “El origen de la obra de arte”:

La oración simple se compone del sujeto, que es la traducción latina —y esto quiere decir interpretación— del ὑποκείμενον y del predicado con el que se enuncian las características de la cosa. ¿Quién se atrevería a poner en tela de juicio estas sencillas relaciones fundamentales entre la cosa y la oración, entre la estructura de la oración y la estructura de la cosa? Y con todo, no nos queda más que preguntar si la estructura de la oración simple (la cópula del sujeto y predicado) es el reflejo de la estructura de la cosa (de la reunión de la sustancia con los accidentes). ¿O es que esa representación de la estructura de la cosa se ha diseñado según la estructura de la oración?

Ramos Sucre y el mal: una ronda por las teodiceas

Se cumple mañana otro año más del nacimiento de Ramos Sucre. Recordaré esa fecha con un breve recorrido de lo que las teodiceas pueden decirnos sobre el problema del mal en “La vida del maldito”. El texto completo ya fue publicado en la revista “Las Malas Juntas”, de manera que si quiere continuar leyendo un enlace lo llevará a esa página.

Reflexionar sobre el problema del mal en la obra de José Antonio Ramos Sucre es arriesgarse a concluir borroneando por enésima vez una dosificada teodicea. Esa tarea ha consistido casi siempre en organizar una articulación del bien y el mal —aceptemos provisoriamente el singular para esos términos— que justifique, con mayor o menor disimulo, las célebres líneas de “La vida del maldito”: “Yo adolezco de una degeneración ilustre; amo el dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que sirve para destruir un mundo abandonado al mal”. Restringido a esa labor, el examen de la exploración del mal en Ramos Sucre está sujeto menos a un proceso de rastreo y descubrimiento y más a las retóricas de la redundancia metafísica o del contraste decadente. Las dos últimas estrategias, a pesar de su diferencias de enfoque, parten de un malentendido: asumen la obra de Ramos Sucre como una reelaboración y reexposición a veces indiferente, a veces irresponsable o provocadora, pero casi nunca crítica, de un material histórico, religioso, mítico, artístico o filosófico. Ambas, previsiblemente, terminan unificando desastres y aberraciones con tranquilizadoras categorías religiosas o éticas. Se obvia así que el poeta quizá sólo intenta indagar un conjunto de problemas, no resolverlos.

Para continuar leyendo…

Jornada Ramossucreana en la Escuela de Letras UCV. Junio 10.

El próximo 10 de junio, en la Escuela de Letras de la UCV, aula 201, se realizará una jornada de reflexión sobre la obra de José Antonio Ramos Sucre. De acuerdo con los organizadores, se ha convocado

a un grupo de colegas que vienen abordando —desde diversos ángulos teóricos y metodológicos y con objetivos distintos pero, sin duda, concurrentes y complementarios— el legado del poeta, para que compartan con la comunidad universitaria sus conclusiones más actuales, expuestas ya en tesis de maestría, trabajos de ascenso y otras investigaciones en curso.

Gracias a Johan Gotera, les dejo el cronograma del evento.

CRONOGRAMA

APERTURA

Aula 201 / 9:30am

Palabras de presentación del Director de la Escuela de Letras, Dr. Vicente Lecuna.

SESIÓN 1

Aula 201 / 10:00am-12:00m

Ponentes:

  • Rodrigo Blanco Calderón (Letras, UCV): “Crítica y ficción en José Antonio Ramos Sucre”
  • Santiago Sánchez Espinoza (Artes, UCV): “Lote de muerte. Hermetismo, muerte y tradición en José Antonio Ramos Sucre”
  • Juan Cristóbal Castro (Letras, UCV): “Ramos Sucre o el pasado falso”

Moderadora: Luz Marina Rivas (Literatura Comparada, UCV)

SESIÓN 2

Aula 201 / 2:00-4:00pm

Ponentes:

  • Cristián Alvarez (USB): “‘Sugestiones de una muerte sombría’. Apuntes sobre la obra poética de José Antonio Ramos Sucre”
  • Francesca Polito (UCV): “Ramos Sucre, Leopardo y Dante: una compañía espiritual y poética”
  • Pausides González (USB): “El lugar de la memoria en ‘La casa del olvido’”

Moderadora. Florence Montero (Letras, UCV)

(Refrigerio)

SESIÓN 3

Aula 201 / 4:30-5:30pm

  • Transparencia y máscaras de José Antonio Ramos Sucre.
    Conversación con Guillermo Sucre.
    Moderador: Rafael Castillo Zapata (Letras, UCV)

SESIÓN 4

Aula 201 / 5:30-6:30

  • Ramos Sucre: por alto / por bajo.
    Lectura de poemas a cargo de María Fernanda Palacios (Letras, UCV)
  • Palabras de cierre: Dr. Vicente Lecuna.

El Protervo (en Las Formas del Fuego).

Nosotros constituíamos una amenaza efectiva.

Los clérigos nos designaban por medio de circunloquios al elevar sus preces, durante el oficio divino. Decidimos asaItar la casa de un magistrado venerable, para convencerlo de nuestra actividad y de la ineficacia de sus decretos y pregones.

Esperaba intimidarnos al doblar el número de sus espías y de sus alguaciles y al lisonjearlos con la promesa de una recompensa abundante.

Ejecutamos el proyecto sigílosamente y con determinación y nos llevamos la mujer del juez incorruptible.

El más joven de los compañeros perdió su máscara en medio de la ocurrencia y vino a ser reconocido y preso.

Permaneció mudo al sufrir los martirios inventados por los ministros de la justicia y no lanzó una queja cuando el borceguí le trituró un pie. Murió dando topetadas al muro del calabozo de piso hundido y de techo bajo y de plomo.

Gané la mujer del jurista al distribuirse el botín, el día siguiente, por medio de la suerte. Su lozanía aumentaba el solaz de mi vivienda rustica. Sus cortos años la separaban de un marido reumático y tosigoso.

Un compañero, enemigo de mi fortuna, se permitió tratarla con avilantez. Trabamos una lucha a muerte y lo dejé estirado de un trastazo en la cabeza. Los demás permanecieron en silencio, aconsejados del escarmiento.

La mujer no pudo sobrellevar la compañía de un perdido y murió de vergüenza y de pesadumbre al cabo de dos años, dejándome una niña recién nacida.

Yo la abandoné en poder de unas criadas de mi confianza, gente disoluta y cruel, y volví a mis aventuras cuando la mano del verdugo había diezmado la caterva de mis fieles.

Muchos seguían pendientes de su horca, deshaciéndose a la intemperie, en un arrabal escandaloso.

Al verme solo, he decidido esperar en mi refugio la aparición de nuevos adeptos, salidos de entre los pobres.

Dirijo a la práctica del mal, en medio de mis años, una voluntad ilesa.

Las criadas nefarias han dementado a mi hija por medio de sugestiones y de ejemplos funestos. Yo la he encerrado en una estancia segura y sin entrada, salvo un postigo para el paso de escasas viandas una vez al día.

Yo me asomo a verla ocasionalmente y mis sarcasmos restablecen su llanto y alientan su desesperación.

La vida del maldito (de La Torre de Timón)

Yo adolezco de una degeneración ilustre; amo el dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantemente la sensación del padecimiento físico, de la lesión orgánica.

Conservo recuerdos pronunciados de mi infancia, rememoro la faz marchita de mis abuelos, que murieron en esta misma vivienda espaciosa, heridos por dolencias prolongadas. Reconstituyo la escena de sus exequias, que presencié asombrado e inocente.

Mi alma es desde entonces crítica y blasfema; vive en pie de guerra contra los poderes humanos y divinos, alentada por la manía de la investigación; y esta curiosidad infatigable declara el motivo de mis triunfos escolares y de mi vida atolondrada y maleante al dejar las aulas. Detesto íntimamente a mis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas inhumanos; y confieso que, en los días vacantes de mi juventud, mi índole destemplada y huraña me envolvía sin tregua en reyertas vehementes y despertaba las observaciones irónicas de las mujeres licenciosas que acuden a los sitios de diversión y peligro.

No me seducen los placeres mundanos y volví espontáneamente a la soledad, mucho antes del término del mi juventud, retirándome a ésta, mi ciudad nativa, lejana del progreso, asentada en una comarca apática y neutral. Desde entonces no he dejado esta mansión de colgaduras y de sombras. A sus espaldas fluye un delgado río de tinta, sustraído de la luz por la espesura de árboles crecidos, en pie sobre las márgenes, azotados sin descanso por un viento furioso, nacido de los montes áridos. La calle delantera, siempre desierta, suena a veces con el paso de un carro de bueyes, que reproduce la escena de una campiña etrusca.

La curiosidad me indujo a nupcias desventuradas, y casé improvisadamente con una joven caracterizada por los rasgos de mi persona física, pero mejorados por una distinción original. La trataba con un desdén superior, dedicándole el mismo aprecio que a una muñeca desmontable por piezas. Pronto me aburrí de aquel ser infantil, ocasionalmente molesto, y decidí suprimirlo para enriquecimiento de mi experiencia.

La conduje con cierto pretexto delante de una excavación abierta adrede en el patio de esta misma casa. Yo portaba una pieza de hierro y con ella le coloqué encima de la oreja un firme porrazo. La infeliz cayó de rodillas dentro de la fosa, emitiendo débiles alaridos como de boba. La cubrí de tierra, y esa tarde me senté solo a la mesa, celebrando su ausencia.

La misma noche y otras siguientes, a hora avanzada, un brusco resplandor iluminaba mi dormitorio y me ahuyentaba el sueño sin remedio. Enmagrecí y me torné pálido, perdiendo sensiblemente las fuerzas. Para distraerme, contraje la costumbre de cabalgar desde mi vivienda hasta fuera de la ciudad, por las campiñas libres y llanas, y paraba el trote de la cabalgadura debajo de un mismo árbol envejecido, adecuado para una cita diabólica. Escuchaba en tal paraje murmullos dispersos y difusos, que no llegaban a voces. Viví así innumerables días hasta que, después de una crisis nerviosa que me ofuscó la razón, desperté clavado por la parálisis en esta silla rodante, bajo el cuidado de un fiel servidor que defendió los días de mi infancia.

Paso el tiempo en una meditación inquieta, cubierto, la mitad del cuerpo hasta los pies, por una felpa anchurosa. Quiero morir y busco las sugestiones lúgubres, y a mi lado arde constantemente este tenebrario, antes escondido en un desván de la casa.

En esta situación me visita, increpándome ferozmente, el espectro de mi víctima. Avanza hasta mí con las manos vengadoras en alto, mientras mi continuo servidor se arrincona de miedo; pero no dejaré esta mansión sino cuando sucumba por el encono del fantasma inclemente. Yo quiero escapar de los hombres hasta después de muerto, y tengo ordenado que este edificio desaparezca, al día siguiente de finar mi vida y junto con mi cadáver, en medio de un torbellino de llamas.

“Sobre la poesía elocuente” (de La Torre de Timón).

La elocuencia es el don natural de persuadir y de conmover. La retórica, arte de bien decir, es sierva leal o desleal de la elocuencia, y cuando usa palabra altisonante o superflua merece el nombre de declamación. De modo que no hay disculpa al confundir maliciosamente la elocuencia, ventaja del contenido, emanada del afecto vehemente o de la convicción sincera, con la declamación que es vicio de la expresión, retórica defectuosa.

Algunos poetas sostienen que debe torcerse el cuello a la elocuencia, y conviene objetarles que tal severidad sólo debe usarse con la declamación, porque aquel don afortunado sirve muy bien a la poesía entusiasmada y lírica. Además, debe distinguirse entre los poetas inactuales y egotistas y los poetas comunicativos, de apostolado y de combate, bardos de aliento profético y simpatía ardorosa que ejercen una función nacional o humanitaria. Los últimos no pueden prescindir jamás de la elocuencia y se expresarán inevitablemente en imágenes, medio que puede enunciar la filosofía más ardua y comunica eléctricamente la emoción. La imagen es la manera concreta y gráfica de expresarse, y declara una emotividad fina y emana de la aguda organización de los sentidos corporales. Algunos dialécticos, enamorados de la idea universal y sin fisonomía, reprueban esta manera de expresión, considerándola de humilde origen sensorial, y abogando por la supremacía de la inteligencia, con lo cual insisten en las distintas facultades de la mente humana, que es probablemente una totalidad sin partes.

La imagen siempre está cerca del símbolo o se confunde con él, y, fuera de ser gráfica, deja por estela cierta vaguedad y santidad que son propias de la poesía más excelente, cercana de la música y lejana de la escultura.

La imagen, expresión de lo particular, conviene especialmente con la poesía, porque el arte es individuante.

La imagen es un medio de expresión concreta y simpática, apta para poner de relieve las ideas sublimes e independientes de la metafísica y las nociones contingentes de la experiencia, y comunica instantáneamente los afectos. Pero nunca deja de ser un medio de expresión, y quien la use como fin viene a parar en retórico vicioso, en declamador.